De brazos cruzados, con tabaco y un poco de frío debajo de las rodillas, el ir y venir de las luces me aturdía, esperaba por la alegría que trae un colectivo, así como si fuese contraproducente para todos. Las noches de Enero, únicas por su efecto de frío/calor, esas noches que son como si la brisa del atlántico se fundiese con el conurbano, una utopía definitiva y hermosa. Las palabras que más escuché, las tomé y aquí las tengo, quietas, están partiendo lentamente hacia el progreso, el mirar hacia adelante y organizar un toque la pasividad con la que se vive.
Un rio de perdones, cientos de momentos que, por desgracia, no se olvidan fácilmente. El motor para no hacer lo mismo, el alivio de saber quienes son, quien soy yo. El dolor es una pausa de la alegría, la descarga que hace que el cuerpo sienta el deseo de descansar, de no esforzar más al desahogo.
Son días donde el futuro viaja en camello. Tamizando todo este tiempo, dejando mucho atrás para poder crecer, trabajando en silencio.
La única forma de no estar entre las filas de los de siempre, siendo sigiloso, con cuidado.
Algún lugar encontraré.
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