Es preciso ser audaz, despierto. Habrá charlas extremas que debamos olvidar, sentimientos afuera, sin la chance de participar, como los segundos en un ring de boxeo, solo son bienvenidos cuando escuchamos la campana. Es el escenario en el cual distraemos a la cabeza, le ponemos música y la dejamos ahí, relajada, alejada y observando, cada detalle de rubor escondido en cada cara, la emoción encontrada de ser y no, tan extraños. Minutos extremadamente contados. Simpleza.
Continúo sorprendido, a punto de ser un esceptico de mis propias ideas, casi en debate en cuanto a la calidad de persona, la fragilidad, el ser así -porque sí-, el motor que haga tanta vida, vida hermosa y profunda que no me alcanzarían mis días para descubrirla por completo.
Mis brazos encandilados, cumpliendo una función obsoleta, la frialdad con la que nos apreciamos. El motivo aparente siempre es la vida, a cual definí como hermosa y lo sostengo, la posibilidad de encontrarte otra vez, de volver a ver tus momentos por afuera, de verte desde arriba, la desesperación creativa a flor de piel, la gracia y los gestos que tanto anhelan los sentidos. Después que y antes de, nada ha sucedido: solo el encuentro donde brilla más el amor propio que la genial diferencia de rubro, el constante galopeo hacia el otro costado sin dejar el rastro pero guardando el camino en la memoria. Y entre tanta tierra desparramada se abre paso el motivo aparente, que cuida de los demás mientras uno equivoca el centro de atención y boludea.
Aprendemos más escuchando más, sabemos más si buscamos encontrar y es clave, y un pilar fundamental acostumbrar al ritmo, las corazonadas ya no son más que una simple advertencia de que uno puede ser su propio fin.
Mis brazos encandilados, cumpliendo una función obsoleta, la frialdad con la que nos apreciamos. El motivo aparente siempre es la vida, a cual definí como hermosa y lo sostengo, la posibilidad de encontrarte otra vez, de volver a ver tus momentos por afuera, de verte desde arriba, la desesperación creativa a flor de piel, la gracia y los gestos que tanto anhelan los sentidos. Después que y antes de, nada ha sucedido: solo el encuentro donde brilla más el amor propio que la genial diferencia de rubro, el constante galopeo hacia el otro costado sin dejar el rastro pero guardando el camino en la memoria. Y entre tanta tierra desparramada se abre paso el motivo aparente, que cuida de los demás mientras uno equivoca el centro de atención y boludea.
Aprendemos más escuchando más, sabemos más si buscamos encontrar y es clave, y un pilar fundamental acostumbrar al ritmo, las corazonadas ya no son más que una simple advertencia de que uno puede ser su propio fin.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario