lunes, enero 28, 2008

Y la cabeza nunca me paró de sangrar, pero seguí y acá estoy, casi tan incompleto como siempre.
Mi vida se paseaba monótona, simple y tan particular como la manera que tengo de andar en bicicleta, manejándome entre las mismas sombras que durante la tarde se codeaban con esos cordones repletos de agua, a pesar del calor. Y mi viejo, se moría de ganas de verme feliz y viceversa.
Las condiciones estaban cambiando y no quería esperar más de lo mismo ni menos de lo que acostumbraba a tener.
Había perdido más de lo que yo imaginaba y fue parte de todo y de nada, en donde los llantos y las suplicas fueron suprimidas por palabras firmes, secas, obsoletas y algo mas que coherentes.
En cierta forma, el paraíso se aleja en cuanto uno tiene que cambiar el documento, o piensa en abrirse paso a nuevas experiencias basadas en irregularidades que de nada sirven y poco sentido les encuentran los extraños. Esos mismos extraños que ya no son tan extraños, y si pudiesen serian los dueños de esta parte del tiempo.
Quitando todo tipo de cubierta, el amor se desangraba más y más, pidiendo un poco de oxígeno y también un cigarrillo (preferentemente Marlboro)

El tiempo es ahora y ahora es nunca, y la oportunidad o la chance de recuperar el don perdido, suenan a poco y nada, y descansan en un manto de silencio y enojo.
En tu derecho estás, de caminar para donde te dicte la cabeza (o el corazón)
Es ideal ir por la derecha, porque las bicis tienen mala suerte con el viento en contra o contra la mismísima verdad, que asecha con quitarte un tercio de tus sueños, que tienen un color vulnerable y casi siempre huele a naturaleza y esperanza.
Sería fantástico volver a verte reir.

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