domingo, febrero 10, 2008

"Hace calor no?". ¿Que?
Fue una pregunta que jamás salió de mi cerebro.
Seria muy agitado pensar que una sola noche de baja temperatura te incomodara tanto, pero así fue.
Calles desérticas, todo muy vacío. Coches a velocidades poco usuales. Soledad.
Y no había errado que la libertad traía soledad.
Una pregunta puede llegar a incomodar como la mismísima verdad en su estado máximo (y aunque fuera mínimo seria inalterable)

De alguna forma siempre las cosas terminan alterando el ambiente o estado, o te da varios giros hasta caer siempre sobre la misma idea poco inteligente. La rutina domina ampliamente el sector emocional, desvariando todo tipo de probabilidades y cálculos que puedan, deban o resulten más oportunos que la libertad que uno acecha.
Y dejando poco margen al error y tal vez al engaño, las decisiones son tomadas por la cabeza, que estalla de sermones, órdenes, bardos y todo lo demás también.
Es tiempo de maniobrar con el modo de vida, buscar la salida inteligente a la respuesta imaginada (o sonreír por la sorpresa), delinear cada detalle de cual te hace sentir incómodo o idiota o el tipo más feliz del mundo.
Sin correr ni saltar, sin tomarla ni beberla, sin presiones ni fricciones, sin mentiras ni verdades; sin divagar con la mente y saber donde hay que estar parado para que no caiga nada del cielo. Mirando.
El mundo se mueve y la vida de a poco empieza a moverse rápido, y no imaginas otra imagen de la que tenes en la cabeza, la sencillez del pensamiento te genera algo extraño -sin melancolía- raro y distinto.
Uno cosecha lo que siembra. Siempre, para ser más justos. Y sin lugar a dudas, uno también merece lo que tiene.
Sin cosecha ni siembra, sin merecer. El empeño se puede apreciar pero no premiar.
De merecimientos no se puede vivir y del amor, hoy, creo que tampoco.



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