Pienso: Debo de estar equivocado para no poder entender a otros seres, que conviven a diario con las secuelas de este presente, soy el error de una ecuación sencilla, tengo un humor diferente, preciso cosas que no están a veces puestas por la casualidad de los hechos.
Como un castillo de arena, estas situaciones viven día a día con los riegos y las consecuencias, siempre al límite de que algo haga caer una estructura de cimientos frágiles, casi un descorazonado grito de furia.
Hay mucha distancia entre el perdón, el olvido y el respeto devuelto, como si eso tuviese sentido. Y si bien, nada de esto que esta pasando frente a mis ojos tiene algo de sensatez, realidad o como quieran llamarle, no puedo entender como es posible que las personas tengan tanta imprudencia en sus actos, que no midan las advertencias que se les dan, que ni siquiera escuchen o se detenga un segundo a pensar; pensar, como podrían, sin son personas que aprenden de un ámbito donde la felicidad es la utopía más grande, donde el respeto por el prójimo fue ultrajado y continua siendo un falta irreversible en cada segundo que pasa sin que lo notemos.
Las mañanas son lo más incierto, mi sentido de supervivencia está esperando el momento para dejar mucho de todo esto atrás, vivir la vida que imagino que es dueña de mi alma y corazón, idealizar mis momentos, ser único.
Ausencia, desigualdad, actitudes que dejan margen a la crítica, soledad y ese miedo que generaliza a todo lo que rodea al Rey de esta aldea, la paranoia de terminar sus días abandonado, senil, casi absurdo. Siempre sostuve que es un pilar importante la familia y sus costumbres, mi situación es completamente irresistible. Tengo que ser paciente, concentrarme, buscar esa salida que veo posible, iluminarme de ideas que me hagan feliz. Yo ya no pertenezco a este espacio.
A veces me vuelvo loco y quiero soñar, que no todo es como realmente escribo, sino como imagino.
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